marzo 2015



Enoch Powell (1912–1998), político británico conservador, pronunció el 20 de abril de 1968 su alocución “Ríos de sangre”, en la que predijo el desastre a causa de la inmigración a gran escala de pueblos de color al Reino Unido. Comenzó destacando lo que estaba teniendo lugar:

… una transformación total que no tiene rival en mil años de historia inglesa. En cuestión de quince o veinte años, de seguir la tendencia actual, habrá en este país 3 millones y medio de inmigrantes de la Commonwealth y sus descendientes… Los dioses vuelven locos primero a quienes quieren destruir. Hemos de estar locos como país, literalmente, por estar permitiendo la entrada anual de unos 50.000 inmigrantes sin recursos, que en su mayoría serán la materia del futuro crecimiento de la población de ascendencia inmigrante. Es igual que ver a un país que trata febrilmente de prender su propia pira funeraria.

Además de poner fin a la inmigración, Powell llamaba a la reemigración o repatriación de los inmigrantes a sus países de origen.Si se acabara mañana toda la inmigración, el ritmo de crecimiento de la población inmigrante y de ascendencia inmigrante se vería reducido sustancialmente, pero el futuro tamaño de este elemento en el seno de la población seguiría sin afectar al carácter básico del peligro nacional. Esto sólo puede abordarse mientras una proporción considerable del total siga abarcando a personas que llegaron a este país en los últimos 10 años más o menos. De ahí la urgencia de implantar ya el segundo elemento de la política del Partido Conservador: el estímulo a la repatriación.

También quería poner fin a lo que percibía como favoritismo hacia los inmigrantes:

todos los que estamos en este país como ciudadanos debemos ser iguales ante la ley y no debería de haber discriminación ni diferencia entre ellos de cara a la autoridad pública… Esto no significa que el inmigrante y su descendencia deban elevarse a una categoría especial o con privilegios, o que se deba negar al ciudadano su derecho a discriminar entre un conciudadano y otro en la gestión de sus propios asuntos.

A tenor de esta materia, Powell se elevaba retóricamente:

No puede haber error de concepción más grotesco de la realidad que el practicado por los que exigen de forma vehemente de legislaciones contra lo que ellos llaman “discriminación”, ya sean referentes de opinión del mismo ramo y a veces de la misma cabecera que un año de la década de los 30 tras otro intentaron cegar a este país frente al creciente peligro al que se enfrentaba, o los arzobispos que viven en palacios, delicadamente arropados.

Por último, Powell se despachaba contra la integración.

Ser integrado en una población significa pasar a ser indistinguible a todos los efectos prácticos de sus demás miembros. Hoy, continuamente, donde hay acusadas diferencias físicas, en especial de color, la integración es difícil, si bien no imposible a lo largo de un margen de tiempo.

Y el gran final para concluir:

Al mirar al futuro, me inunda el pesimismo. Como los romanos, intuyo “el río Tíber bajando sangre“.

Este discurso puso fin en la práctica a la carrera política otrora prometedora de Powell.

Por Daniel Pipes   http://www.danielpipes.org/13279/enoch-powell-charles-de-gaulle

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El camino de en medio

Hay varias maneras de ver una misma realidad y todas son válidas. Es fácil decirlo, pero mucho más difícil defenderlo. Sobre todo, cuando las tendencias dominantes empujan fuerte y tratan de imponer sus tesis desoyendo otras. En el impulso ciclista urbano pasa, igual que en otros campos donde hay alternativas.Ya está más que recogida la tendencia dominante de demandar espacios marginales exclusivos como vía para promocionar el uso de la bicicleta de una manera cualitativa y cuantitativa definitiva. Pero ¿qué pasa con los que promulgan que también se puede conseguir ese mismo reconocimiento y crecimiento sin necesidad de construir infraestructuras específicas para los ciclistas? ¿Están locos?

Es difícil postular que haya una sola vía o que algo sea mejor en el complicado terreno de la adaptación de la calle a los distintos usos para los que se la requiere, pero lo que está claro es que descartar algo categóricamente sin haberlo siquiera probado es tan poco inteligente como lo contrario.

Está claro que proponer, a muchos ciclistas noveles o a cualquier persona que quiera proponérselo, circular utilizando todo un carril (o el único carril) en muchas calles es un reto que muchas personas no están dispuestas a afrontar, pero no es menos cierto que evitar este tipo de medidas sistemáticamente para lo único que sirve es para demostrar que los ciclistas no tienen sitio y por tanto derecho en la calzada, dejando el camino expedito sólo a los motorizados. Sobre todo si lo único que se hace para facilitar el tránsito ciclista es construir unas cuantas vías segregadas o pintar unas cuantas aceras con mayor o menor acierto.
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La pareja homosexual mas famosa:
“Nosotros decimos no a las adopciones gay”

Dolce-Gabbana-pareja

La pareja gay más famosa de la moda italiana, Dolce & Gabbana

«¿La familia tradicional? Una moda que no pasa». Palabra de la pareja gay más famosa de la moda italiana, Dolce & Gabbana. Ambos hacen una defensa apasionada de la familia tradicional: «Nosotros, pareja gay, decimos no a las adopciones gay. Basta hijos de la química y úteros en alquiler. Los hijos deben tener un padre y una madre». Uno, Domenico Dolce (Palermo, 1958) tiene la cabeza afeitada como un monje budista; el otro, Stefano Gabbana (Milán, 1962) es alto y delgado, como un penitente. La pareja de estilistas ha concedido una larga entrevista al semanario «Panorama» en la que rompen moldes y cuentan que gran parte de su éxito lo deben a quien los ha crecido, a la familia. Dos historias de dos personajes self-made man: A siete años, Dolce cosía pantalones en la sastrería de su padre en un pueblo perdido de la provincia de Palermo, Polizzi Generosa. Gabbana limpiaba suelos y baños en Milán, ayudando a la madre, que era portera.

 ABC / «La familia no es una moda pasajera. pasajera. En ella hay un sentido de pertenencia sobrenatural», explica Stefano Gabbana. Le hace eco Domenico Dolce: «No hemos inventado nosotros la familia. La ha convertido en un icono la Sagrada familia. Y no es cuestión de religión o estado social, no hay vuelta de hoja: tú naces y hay un padre y una madre. O al menos debería ser así. Por eso no me convencen los que yo llamo hijos de la química, niños sintéticos. Úteros en alquiler, semen elegido de un catálogo. Y luego vete a explicar a estos niños quién es la madre. Procear debe ser un acto de amor. Hoy ni siquiera los psiquiatras están listos para afrontar los efectos de estas experimentaciones», concluye Dolce.

Frente a quienes defienden diversos modelos de familia, Stefano Gabbana, hace una observación basada en la cotidianidad que vive como estilista: «Es como en el Gattopardo (la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa), todo debe cambiar para que todo siga igual. Todo ha quedado y sigue igual: las familias de entonces y las de hoy, las jóvenes modelos son con sus hijos exactamente como lo fueron sus madres, con los mismos miedos y las mismas angustias».A la pregunta de si hubieran deseado ser padres, Gabbana responde que «sí, lo haría de inmediato», mientras Dolce explica sus límites: «Soy gay, no puedo tener un hijo. Creo que no se puede tener todo en la vida. Es también bello privarse de algo. La vida tiene un recorrido natural, hay cosas que no se deben modificar. Una de ellas es la familia».