Emisiones de GEI

Fábrica de cemento en las afueras de Baokang, provincia de Hubei en China (7/12/2007).

La Conferencia de Naciones Unidas sobre el Clima concluyó esta tarde de sábado después de trece días de debates. Cabe preguntarse que es lo que se ha conseguido durante estas dos animadísimas semanas en las que se han congregado miles de congresistas y de activistas.

Acuerdos, pocos, por no decir ninguno. El principal logro, que no acuerdo ejecutable, de la “cumbre” es el Acuerdo de Copenhague que recoge unas pocas sugerencias y reflexiones acerca de la existencia del problema, como si a estas alturas todavía hubiera que convencer a alguien. Así, se reconoce la necesidad de hacer algo para limitar el aumento de la temperatura media del planeta a 2º C respecto a su nivel preindustrial. Pero sin entrar en ratificar acuerdos y normas de obligado cumplimiento por todas las partes que sirvan realmente para resolver el problema. La cuestión crucial de la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero a medio plazo (2020) se planteará en enero, pasada la resaca navideña. Los objetivos a largo plazo (2050) ni siquiera se mencionan. Para este viaje no se necesitaban tan faustuosas alforjas.

Algo si ha quedado claro de nuevo, aunque ya da hasta vergüenza recordarlo. Este mundo es insolidario hasta el tuétano, aunque sea políticamente incorrecto reconocerlo. Cada palo que aguante su vela, parece que era la consigna. Los países desarrollados, que son los responsables inequívocos del Cambio Climático, lejos de renunciar a seguir contaminando, intentan traspasar la carga de la reducción de las emisiones a los países en desarrollo. Pensaron que en Copenhague podrían convencer a los países subdesarrollados para comprarles su “derecho a contaminar” a cambio promesas de dineros miserables. La compra y venta de humo es un negocio rentable, con expectativas de futuro, que, además apacigua la mala conciencia de los países ricos mediante unas calculadas limosnas a los países desheredados de la fortuna.  Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia y Sudán rechazan este planteamiento, aunque son muchos más los que lo contemplan con recelo. (Véase Declaración de países ALBA en Copenhague: ¡No hay que cambiar el clima, hay que cambiar el sistema!)

En la cumbre de Bali (diciembre 2007), se acordó una “hoja de ruta climática” que hubiera debido concluir ayer con un ambicioso tratado para reducir las emisiones. Se esperaba de esta cumbre una referencia, una inflexión no solo hacia una sociedad menos dependiente de los combustibles fósiles (el agotamiento de estos recursos así lo exige), sino mucho más, algo así como una renovada revolución verde y solidaria.  Pero el desencanto, que se fraguaba y veía venir,  ha llegado finalmente. El texto final de Dinamarca, elaborado a puertas cerradas bajo la presión del presidente de Estados Unidos, quedó sancionado a través del ardid de “tomar nota”, sin el peso jurídico de un tratado o convención internacional y con el repudio expreso de varias delegaciones. .

Todo era una gran falsa, teatro, puro teatro, a beneficio de un selecto reparto de actores, de tramoyistas, de público y autoridades invitadas,…  una opulenta claque. Y fuera, en la calle, el otro espectáculo, más villano, representado por el elenco del anticasitodo.

Mucha bambolla, mucha ostentación en la puesta en escena, mucho público invitado con los gastos pagados, muchas comidas y cenas de trabajo, para tan paupérrimos resultados. Bueno, al menos los prostíbulos de Copenhague si han hecho su agosto en diciembre. Ese honrado gremio debiera redactar la “hoja de ruta moral” para las próximas Cumbres, que haberlas, las habrá. ¡Menudo chollo!

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