María Teresa Fernández de la Vega (Vicepresidenta primera del Gobierno) y Juan Antonio Martínez Camino (Presidente de la Conferencia Episcopal Española)

 

Me sorprende que exista tanta preocupación porque la Iglesia se manifieste, de palabra o hecho, en los asuntos mundanos, incluidos los políticos. Los eclesiásticos, antes que curas son ciudadanos y, por tanto, tienen los mismos derechos que cualquier otro ciudadano, incluido el derecho a expresar libremente sus ideas. Que éstas nos parezcan buenas o malas es otro cantar.  

La “Pelopollo” (vice del gobierno) y la Pajín predican y recuerdan a la ciudadanía que la soberanía reside en el Congreso (craso error, porque reside en el pueblo) y que los curas deberían callarse, dedicarse a su ministerio espiritual y no hacer política y, sobre todo, no presionar y no asustar a los diputados católicos con la excomunión, que esa injerencia es inaceptable. La primera parte de esta admonición, por obvia, resulta inapropiada; la segunda parte, es simplemente antidemocrática y, por tanto, desatinada.  

Los curas, individual o colectivamente, están en su derecho para intervenir en la Res Publica, del mismo modo que lo hacen otros colectivos y asociaciones seglares (intelectuales, cómicos, ecologistas, universitarios, homosexuales, deportivos, vecinales, etc). Y puesto que la Iglesia tiene su Reglas de Funcionamiento Interno, está en su derecho para sancionar a los miembros de la Iglesia (curas y seglares) que no actúen conforme a ellas. A los no católicos esas sanciones no les alcanzan; a los católicosnopracticantes, esas sanciones, al ser espirituales, seguro que no les puede producir incomodidad alguna.  

 El anticlericalismo llevado a sus últimos extremos, el anticlericalismos obseso y por ello malsano, es una más de las señas de identidad de este solar patrio (o lo que sea). Y no digo yo que la religión, mejor sus ministros, no hayan hecho todo lo posible, increíble e imposible para fomentarlo con sus necedades totalitarias y, en muchas ocasiones, actos criminales. Si en lugar de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, como alternativa a la de Religión, hubiese prosperado, como se proponía desde algunos foros laicos conciliadores, una Historia de las Religiones, el contenido de esta frustrada asignatura habría sido más horripilante que edificante, una obra de terror. Afortunadamente no prosperó.  

Los mayores enemigos de las organizaciones doctrinarias totalitarias son la incultura y la miseria. La cultura y el bienestar económico y social despejan las sombras de la superchería. Por el contrario, el anticlericalismo radicalizado, y en ocasiones criminal, es su mejor aliado. No me cabe duda de que la Iglesia Española salió refortalecida (¡lo que faltaba!) de la quema de conventos y asesinato masivo de clero y seglares afines durante la malograda II República. El anticlericalismo trabucaire que niega a una “asociación legal” los derechos de expresión y participación en la cosa pública que no negarían a otras “asociantes legales” e incluso “alegales” nos llevaría de nuevo a un enfrentamiento estéril e indeseable.  

Me producen desazón y temor determinados grupos ultracatólicos, sin duda alguna animados por la jerarquía, que trajinan y maquinan con un espíritu de hormiguita tenaz para imponer sus planteamientos en todo el orbe. Se trata, una vez más, de salvar a la humanidad, aunque sea contra su voluntad, a patadas. Afortunadamente los tiempos no les son propicios, y tampoco lo serán en el corto y medio plazo. El proceso iniciado con la Revolución Francesa, burguesa pero humanista e ilustrada, todavía no ha finalizado; y le queda cuerda y recorrido para rato, sin marcha atrás. La Iglesia es perseverante y paciente; pero lo que haya de ocurrir al largo plazo son bestias que tendrán que lidiar otras generaciones. Ahora, no puede ni debe preocuparnos el renacimiento de la Inquisición Católica; la que ahora si que puede y debe darnos miedo es el esplendor y presencia de la Inquisición Islámica.

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