Un chistecito:
Un tipo va por la calle a las dos de la mañana y se encuentra a un amigo, borracho como una cuba,  buscando algo bajo una farola.
– Pepe, tío, ¿qué haces?
– Es que se me han caído las llaves de casa.
– Joder, que  cosas te pasan.  No me extraña,  en el estado que vas…
Nuestro hombre se pone a buscar las llaves para ayudar a su amigo.  Mira y remira,  y no ve nada por ningún sitio.  Se desespera.
– Pero ¿tú estás seguro de que es aquí donde has perdido las llaves?
– ¡Qué va!  Se me han caído en aquella esquina.
– Entonces, ¿qué cojones haces buscándolas aquí?
– ¡Es que en la esquina no hay luz!

Y ahora, otro chistecito:
¿Para qué existen los distintos colectivos ciclistas celtibéricos?  Se supone que están para “defender” (!?) y promover la bicicleta,  ¿no?  A ver, todos a la vez, en voz bien alta: “¡Queremos poner bicis en la ciudad!”

Parece que hasta aquí estamos de acuerdo:  tenemos un objetivo mu loable, zi zeñó. Inmediatamente surge la pregunta natural:  ¿cómo lo vamos a hacer? ¿cómo vamos a conseguir que más gente saque sus culos de los coches y los ponga en los sillines de sus bicis?

¿Eh? ¿eh? ¿eh? ¿cómo lo vamos a hacer?

La triste respuesta es:  no tenemos ni puta idea.

Tenemos hordas de adolescentes que están deseando cumplir 14 años para que sus padres les compren una moto, y no sabemos cómo hacerles ver que la bici mola más. Tenemos miles de chavales esperando cumplir 18 años para sacarse el carnet de conducir, y no sabemos cómo retrasar su futura adicción al coche. Tenemos campus universitarios repletos de coches, y no sabemos hacer que los universitarios piensen en la bici ni siquiera para algunos de sus movimientos. Tenemos incluso miles de estudiantes que no pueden comprarse un coche y que gastan en transporte público lo que disfrutarían más gastándoselo  en cerveza, y ni siquiera a esos somos capaces de convencerles de que la bici es una posibilidad real y factible. Tenemos kilómetros y kilómetros de calles alicatadas con coches en doble o triple fila y en las que no se ve ni una sola bicicleta, y no sabemos qué hacer para poner allí la primera.

Somos un desastre.

La espantosa realidad es que los ciclistas no tenemos, de verdad, ni puta idea de qué hacer para promover la bici,  para conseguir que ir en bici sea considerado normal, para crear una cultura ciclista.

Aquí surge otra pregunta:  ¿qué hace un idiota cuando tiene un problema muy serio, muy real, y no se le ocurre nada?

Muy fácil:  lo sustituye por otro problema imaginario para el que sí se le ocurra algo.

Eso es exactamente lo que los carrilbicistas han hecho:  como el problema de poner bicis en la ciudad les resulta inabordable,  los carrilbicistas se han sacado de la manga un “problema”  mucho más fácil con el que mantenerse entretenidos.

Así es cómo el noble objetivo “poner bicis en la ciudad” se ha convertido en la farsa estúpida “poner carriles-bici en la ciudad“.

A ver, todos a la vez, en voz bien alta: 

“¡Carril-bici YA!”

Publicado en  http://bicilibre.livejournal.com/25488.html

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