Por Michel Wieviorka
profesor de la
Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París
(LA VANGUARDIA, 28/09/09)

Antes de ser una fuerza propiamente política, la ecología constituyó, en numerosas sociedades, una utopía, un conjunto de prácticas contraculturales y, a veces, un movimiento contestatario.

En el arranque de los movimientos a menudo identificados con el año 1968, la ecología estuvo efectivamente animada al principio por ideas y conductas que los actores hacían oscilar entre dos actitudes principales. Unos se giraban hacia el futuro buscando dibujar modelos distintos de sociedad, proponiendo imaginar un mundo, un planeta, totalmente distinto, interesándose por otras concepciones, otros valores que aquellos de las sociedades industriales. Soñaban, por ejemplo, siguiendo a Ivan Illich, con sociedades sin escuela; comprendían, antes que otros, que era necesario salir de sistemas hospitalarios que contribuyen a fabricar enfermedades nosocomiales que luego combaten. Pedían que se midiera el progreso de otro modo que no fuera por las estadísticas del producto interior bruto, e incluso a veces afirmaban que se puede acabar con el crecimiento sin por ello entrar necesariamente en una fase regresiva.

Y los mismos, u otros, deseos de poner estas ideas en práctica salían de la sociedad y se lanzaban a aventuras personales o colectivas que presentaban dimensiones de ejemplaridad. Y creaban comunidades, ponían en marcha guarderías, organizaban su existencia fuera del sistema y a veces incluso desertaban de la ciudad para instalarse en el campo para romper mejor con los modos de vida habituales.

Se tratara de utopías o de prácticas contraculturales, la ecología presentaba entonces dos caras: una abierta, hambrienta de inventiva, de creatividad, interesada por lo que la ciencia podía aportar al progreso y profundamente democrática; la otra, replegada sobre sí misma, tentada por una especie de fundamentalismo verde y más o menos sectaria.

En los años 70, estas dos caras del ecologismo pudieron tomar un giro contestatario y asumir el alumbramiento de un movimiento social cuando fueron capaces de definir a un adversario. El desarrollo de la industria nuclear civil en los países occidentales les dio esta oportunidad, el enemigo lo formaban los líderes de los programas electronucleares que se ponían en marcha, las tecnocracias del Estado que les eran impuestas sin mayor consulta democrática, las empresas privadas o públicas que construían las centrales.

Luego llegaron los años 80 y 90. A menudo el movimiento ecologista pareció entonces adormecerse. Las utopías fueron menos movilizadoras, las prácticas contraculturales se diluyeron y las protestas antinucleares perdieron vigor. Pero este periodo estuvo caracterizado por otros dos elementos importantes.

El primero fue la difusión cada vez más clara de las ideas ecologistas. Actualmente, todo el mundo, o casi, es ecologista; todo el mundo es sensible al medio ambiente, a la polución, al calentamiento climático, y tanto a la izquierda como a la derecha todos los partidos políticos están más o menos teñidos de verde. Eso vale igual para las empresas, incluidas aquellas a las cuales se oponían los ecologistas de los años pasados, y aquellos que eran críticos con el desarrollo de lo nuclear se presentan como preocupados por el desarrollo sostenible y la lucha contra el calentamiento global.

Un segundo punto decisivo es la transformación política de la ecología, que pasó a ser, primero en Alemania, una fuerza política de considerable importancia. Los Verdes vivieron en ese país debates internos entre los realistas, que querían participar en la vida ciudadana, promover reformas, intervenir en política – incluso desde el gobierno, al que llegaron-y los fundamentalistas, partidarios de mantener una gran distancia respecto a la acción política reformista y que se encerraban en la pureza y el radicalismo. Y, sin embargo, en varios países los ecologistas se han convertido en fuerzas políticas que tener en cuenta.

Con ello se han alejado considerablemente de lo que eran hace cuarenta años. La ecología se ha vuelto cada vez más modernizadora, sus propuestas son concretas y tangibles y ampliamente debatidas en público entre los sectores deseosos de reformas. Los que, en la práctica, quieren comer bio, controlar su consumo de energía o vivir teniendo en cuenta las presiones de un desarrollo duradero pueden hacerlo fácilmente, pues existe un vasto mercado para estas necesidades. De golpe la ecología pierde su carga utópica, al mismo tiempo que deja de animar prácticas contraculturales ya muy debilitadas al haber sido ya integradas. Y de movimiento contestatario propiamente social, como pudo serlo durante la lucha antinuclear, se convierte en un movimiento de racionalización, que aboga por la argumentación y la comprensión de los grandes desafíos que afronta el planeta en lugar de por la idea de conflictos sociales.

Esta evolución refuerza al ecologismo, pues hace sus ideas más legítimas y aceptadas por todos los participantes en el debate público. Esta evolución también podría debilitarlo, al hacerle perder su carga conflictiva y su capacidad de ser el único en dibujar las perspectivas de un mundo nuevo, que la crisis actual hace aún más deseable y del que muchos esperan que sea capaz de conjugar un crecimiento verde con la toma en consideración de las injusticias y las desigualdades sociales.

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